Los niños como protagonistas: Cómo pasar desde el discurso a la realidad.

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Como educadoras, seguramente hemos escuchado alguna vez eso de que los niños son “protagonistas de su propio aprendizaje”. Hace tiempo que el discurso de los niños y niñas como receptores pasivos de cuidado e información dejó de ser parte de las ideas dominantes, para ser reemplazado con la concepción de los niños como personas competentes, agentes de sus aprendizajes, capaces de tomar decisiones y con derecho a ser escuchados y tomados en serio cuando se trata de disposiciones que afectan su propia vida.

Sin embargo, ¿En qué medida este discurso se ha transformado en una realidad? ¿De qué manera hemos modificado nuestras prácticas y los espacios para permitir la participación genuina de los niños?

Muy poca investigación se ha hecho para responder estas preguntas. A partir de 1990 más o menos, algunos estudios han reportado los beneficios que trae para los programas educativos que los niños participen activamente, pero podemos decir que todavía estamos en pañales en esta área de investigación. Lo que sí se ha hecho, sin embargo, es establecer algunos criterios mínimos para asegurar que la participación de los niños sea significativa y verdadera.

Es difícil – o yo diría imposible – establecer criterios universales para este tipo de cosas. Obviamente la manera en que se apliquen y se evalúen será diferente dependiendo de cada contexto, pero es interesante explorarlos como nuevos marcos de referencia, compartirlos, discutirlos y ver si se pueden adaptar a nuestras diversas realidades, para evaluar las fortalezas y debilidades de los programas en los que trabajamos.

A partir de un trabajo colaborativo entre equipos de México, Brasil y la Fundación Van Leer, se han propuesto tres criterios para medir la participación de los niños en los programas educativos:

  1. Nivel de participación

Si consideramos un programa educativo* cualquiera, el nivel de participación se refiere a la cantidad de etapas en las que los niños participan durante la elaboración e implementación de este programa. Por ejemplo, en la etapa de diseño del programa, los niños pueden participar expresando sus intereses, preocupaciones y prioridades a través de encuestas, grupos focales o cuestionarios.

Estas opiniones son escuchadas y tomadas en cuenta a la hora de planificar el programa, los niños son consultados sobre la manera en que sus ideas se pretenden implementar y se crean los espacios necesarios para que ellos puedan efectivamente decidir sobre distintos aspectos que los conciernen y tomar responsabilidad por alguno de ellos. Por ejemplo, se crea un comité de niños encargados de representar a los demás y asegurarse que sus ideas se lleven a la práctica.

Finalmente, los niños también pueden estar involucrados en la etapa de evaluación del programa, entregando sus opiniones y sus sugerencias para mejorar.

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  1. Calidad de la participación

Es cierto que entre niños y adultos existen relaciones de poder. Un programa de calidad que genuinamente permita a los niños participar, tendrá regulaciones éticas que fomenten la igualdad de opiniones y evite la manipulación o el control por parte de los adultos. Por lo tanto, se crean espacios para que los niños discutan y elaboren sus propias ideas antes de presentarlas, en los que el adulto actúa como guía del proceso, sin intervenir con su propia opinión. Por ejemplo, si estamos diseñando el nuevo espacio exterior del jardín, permitir a los niños decidir qué elementos les gustaría encontrar en este espacio, sin intervenir sugiriendo las propias ideas.

Por otro lado, siempre en los procesos de toma de decisiones hay algunas personas que participan más que otras. Un programa con alta calidad de participación da oportunidades para que todos den su opinión, sin importar la edad, el género, el nivel socioeconómico, etc. La participación es siempre voluntaria, pero todos quienes quieran participar son escuchados y tratados con respeto.

  1. Impacto de la participación

Hasta qué punto las decisiones tomadas tienen un impacto en la vida de los niños. No basta con escuchar sus opiniones e involucrarlos en los procesos de diseño e implementación, es importante también que los objetivos del programa tengan un impacto significativo y los resultados se puedan observar. Por ejemplo, que el programa desarrolle la auto-confianza en los niños, sus talentos y habilidades, el entendimiento sobre sus propios derechos y su empoderamiento.

Si el proceso de participación ha sido efectivo y significativo, esto se verá reflejado en el conocimiento de las familias sobre las capacidades de los niños, la habilidad de los adultos para escuchar y entender a los niños, la mejora de las relaciones entre adultos y niños y un mayor conocimiento de los derechos de los niños por parte de las familias y la comunidad.

* Con programa educativo, nos referimos a cualquier experiencia en la que niños y adultos estén involucrados. Puede ser la planificación de una unidad de aprendizajes, el proyecto educativo de un centro, la planificación de unos talleres de verano, la incorporación de una nueva sala dentro del centro educativo, etc.

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